Un recuerdo me martillea la cabeza continuamente: yo, desde la distancia que me permite la oscuridad, me observo de niña. Parece que tengo entre 7 y 9 años porque llevo puesto un vestido de cuadros grises y rosas que he visto en algunas fotos de pequeña. No sé decir con exactitud cuántos años podría tener, soy horriblemente mala para acertar la edad que tienen los chiquillos, así que es un poco difusa. La niña que observo está de espaldas a mí, sentada de rodillas sobre una silla e inclinada sobre la mesa intentando escribir torpemente. Estoy iluminada por la luz cenital de la lámpara de la salita. Llevo mis zapatos negros ortopéticos y unos calcetines blancos con unos ribetes. Los pies están completamente rígidos.
Ahora, en primera persona, veo el papel que tengo delante. Quiero escribir una historia sobre Cheryl, la niña del videojuego de terror Silent Hill. Recuerdo que me lo dejó mi primo y que pude pasarme las pistas del juego gracias a unas revistas de gamers que él me prestó dónde revelaban los trucos necesarios para superar los retos más complicados.
La pequeña Cheryl.
Hasta ese momento, para escribir, sólo había dejado volar libremente mi imaginación. Sin juicios. Mi proceso creativo era sencillo. Me tumbaba en la cama, encendía el radiocassette y escuchaba mi música favorita mientras con los ojos cerrados imaginaba historias sobre mi mejor amiga de la infancia y yo. En mis historias nos ocurrían cosas que queríamos que nos ocurriesen, era algo así como una telenovela juvenil en la que nosotras éramos las protagonistas junto con los dos chicos del pueblo que nos gustaban. Siempre decía que eran sueños. No sé si por miedo al ridículo o simplemente por añadirle un toque místico al asunto.
Ese día había decidido que iba a escribir de verdad, sin música de fondo ni los ojos cerrados. Cogí un cuaderno de cuadros, un bolígrafo y me dispuse a escribir sobre Cheryl, aquella niña perdida dentro del mundo fantasmagórico y monstruoso de Silent Hill. Empiezo a esbozar las primeras líneas pero me arrolla una voz censora, autoritaria y perfeccionista que me convence de que no sé escribir. Lo intento una y otra vez, pero una y otra vez arranco las páginas del cuaderno y las hago bolitas hasta que, finalmente, me convenzo de pleno. A partir de ese momento tuve la certeza absoluta de que escribir no era lo mío y que era mejor dejarlo ahí.
Siendo honesta nunca se fue la pulsión de la escritura en mí pero, hasta hoy, cuando lo he intentado desde la libertad de aquella niña que soñaba despierta, mi cuerpo se ha quedado completamente paralizado, incapaz de accionarse.
MENTE Tengo sed.
CUERPO (en parálisis)
MENTE Tengo sed. Ve a por agua.
CUERPO (Apagándose. Parálisis y sueño)
MENTE (voz ininteligible)
Luz blanca. Muy blanca. Cegadora.
Un pitido agudo incómodo. Fuerte.
Silencio.
Flash.
Estoy en la bañera de la misma casa, la de mi infancia. Allí, con el agua cubriéndome el cuerpo observo el grifo que está frente a mí. Gotea. Me siento sucia, solo quiero limpiarme bien. Me siento sucia, me siento sucia, me siento sucia.
Flash.
Mi primo y yo estamos en su habitación. Siempre, desde muy pequeños, jugábamos y nos reíamos mucho, para mí ha sido como un hermano mayor. Él era un aficionado acérrimo de los videojuegos, así que nos pasamos algunas tardes peleando con el Street Fighter.
Ese día era por la mañana, o eso creo recordar por la luz que entraba en la habitación.
PRIMO Estás hecha ya una mujercita ¿puedo verte?
Estábamos tumbados en su cama boca arriba. Yo me subí la camiseta y me bajé los pantalones y las bragas. Creo que él me lo iba diciendo. Sólo quería observarme.
TITA No quiero que os encerréis en el cuarto.
Yo no entendía qué tenía de malo jugar a la Play o escuchar música y reírnos juntos. No lo entendí nunca hasta ese momento.
Después de aquello, hay un recuerdo nítido en casa de mis abuelos. Mientras mis abuelos estaban en el salón, en el patio mi primo intentó penetrarme. Era un juego. Yo me sentía tensa, muy incómoda. Agradecí que mis abuelos de vez en cuando aparecieran por la cocina, que daba directamente al patio interior, porque él decidió parar.
Flash. Ceguera lumínica y el sonido de las primeras cámaras fotográficas.
Algunas veces nos reuníamos en los pinares del pueblo un fin de semana cualquiera y hacíamos una especie de barbacoa. Se parecía más a un picnic entonces aún llevábamos los tapers que nos habían preparado nuestras madres y los compartíamos entre todos. Jugábamos, escuchábamos música y nos lo pasábamos muy bien. Allí nos reuníamos hasta que iba anocheciendo: amigas, amigos y también mis primos.
En algún momento de esa tarde mi primo me dijo que fuera con él a las dunas. Yo iba contenta, no sabía qué quería contarme y cuando llegamos a un punto, nos sentamos como escondidos. Había un tío más. Un amigo suyo que no recuerdo haber vuelto a ver en los círculos de amigos nunca más, sólo aquella vez. Tampoco recuerdo si ese tipo venía con nosotros a las dunas o ya estaba allí. Creo que venía con nosotros.
PRIMO (a su amigo) Verás qué guay.
PRIMO (a mí) Chúpasela.
No recuerdo el nombre de ese tío, solo sé que se sacó la polla erecta, grande y oscura.
Yo no dije que no.
Flash.
Bañera.
Flash.
Intento escribir sobre Cheryl.
Flash.
Recuerdo disociado en tercera persona.
Flash.
Se instaura en mí un perfeccionismo asfixiante.
Flash.
Era 1999.
Tenía 12 años.
Suena la alarma de los bombarderos.
Aquí empieza la zona cero.